La obra de renovación del papa Pablo VI

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El amor humano se ve limitado a un número reducido de personas; el amor espiritual las abarca a todas.

El amor humano se ve limitado a un número reducido de personas; el amor espiritual las abarca a todas. El amor humano es respuesta a otro amor; el amor espiritual toma él la iniciativa. El amor humano busca atraer a los demás hacia sí; el amor espiritual se une él a los demás.

El amor humano afecta únicamente a lo humano; el amor espiritual transforma a todo el hombre. Y con el hombre, se transforma toda la sociedad, el derecho, las relaciones entre los hombres. Es una renovación integral (Card. Van Thuan).

Todos los días, la prensa saca grandes titulares sobre temas sensacionalistas, y sobre acontecimientos importantes de la historia humana. Tú tienes que hacerte presente en esa historia de los hombres, preocuparte por ella, vibrar con ella.

Pero esa actualidad debe impulsarte también a construir una sociedad nueva, de la que los periódicos no pueden recoger informaciones sensacionalistas: se trata del Reino de Dios que tú tienes que edificar ya en este mundo y con los medios del mundo (Card. Van Thuan).

La renovación requiere valor y decisión. Ante tanto sufrimiento, ante el Señor que te llama, no te quedes indiferente... Sé apóstol de la renovación, con paciencia y sacrificio naturalmente, y sólo por amor a la Iglesia (Card. Van Thuan).

Al suceder a Juan XXIII, Pablo VI asumió con generosidad la misión de organizar el concilio ecuménico Vaticano II, a pesar de mil obstáculos y problemas, a pesar de las oposiciones y las salidas, desde dentro y desde fuera de la Iglesia.

La tiara de tres cuerpos, engarzada de piedras preciosas, con que lo había honrado Milán, la vendió el 18 de noviembre de 1963 para ayudar a los pobres, y a partir de entonces se conformó con una mitra de obispo.

El 15 de septiembre de 1970, disolvió la guardia personal del papa y dejó sólo la guardia suiza como encargada de las puertas del Vaticano.

Y al lado de estos cambios menores, ¡cuántas renovaciones se han llevado a cabo en quince años, en un mundo rico en grandiosas transformaciones, entre enormes dificultades y crisis dolorosas!

Así, Pablo VI amplió el Colegio cardenalicio a ciento veinte miembros, y decidió que los cardenales de más de ochenta años ya no pudiesen votar ni ser votados en la elección del papa. Internacionalizó la administración de la Iglesia, que hasta entonces estaba reservada únicamente a los cardenales italianos. Puso al frente de importantes dicasterios a cardenales extranjeros:

  • al cardenal VilIot (Francia) en la secretaría de Estado;
  • al cardenal Franje Seper (Yugoslavia) en la Congregación para la Propagación de la Fe;
  • al cardenal Angelo Rossi (Brasil) en la Congregación para la Evangelización de los Pueblos;
  • al cardenal Bernardin Dantin (Dahomey) en la Comisión Cor unum y Justicia y Paz;
  • al cardenal Juan Willebrands (Holanda) en la Congregación para la Unidad de las Iglesias;
  • al cardenal Eduardo Pironio (Argentina) en la Congregación para los Religiosos;
  • al cardenal Gabriel Garrone (Francia) en la Congregación de Seminarios y Universidades;
  • al cardenal R. Knox (Australia) en la ongregación de los Sacramentos;
  • al cardenal Mauricio Roy (Canadá) en la congregación de los Laicos;
  • al cardenal Lourdasamay (India) en la Congregación para la Evangelización de los Pueblos;
  • al cardenal L. Rubin (Polonia) en el Secretariado general del Sínodo de obispos.

Para conocer la opinión del Pueblo de Dios instituyó el Sínodo de Obispos, formado por miembros elegidos por las Conferencias episcopales de todos los países y otros miembros designados por el papa, que se reúne cada tres años para ilustrar al Santo Padre acerca de los graves problemas de actualidad en el mundo y en la Iglesia.

Sin olvidar por ello los viajes pastorales que realizó. Seis meses después de su elección, hizo una peregrinación a Tierra Santa para venerar la tierra donde vivió y murió el Maestro por la redención de los hombres y donde se vivía el clima político más caliente del Medio Oriente. En esa ocasión realmente única, se abrió la frontera jordano-israelí para dejar pasar al Peregrino de la fraternidad. En ese mismo año, el papa presidió el 38° Congreso eucarístico de Bombay (India).

El 4 de octubre del año siguiente, ante ciento diez y siete delegaciones nacionales de la O.N.U., hizo una llamada a la paz.

En 1957, celebró el cincuentenario de las apariciones de Fátima.

El 1968, asistió en Bogotá (Colombia) a la asamblea de los obispos de América Latina.

En 1969, realizó dos visitas sucesivas a Ginebra (Suiza) y Uganda (Africa). En Ginebra pronunció, el 10 de junio, un discurso con ocasión del cincuentenario de la Oficina Internacional del Trabajo. De allí voló hacia Kampala (Uganda) para asistir a la asamblea de los obispos africanos con ocasión de la guerra del Biafra. Y en todas partes proclamaba su misión de propagar la Buena Noticia: «Quiero ver con mis ojos y tocar con mis manos los sufrimientos de los hombres».

1970 fue el año de su viaje más largo (46.400 kilómetros), que lo llevó hasta Asia y el océano Pacífico con escalas en Teherán (Irán), Dacca (Pakistán) y Manila (Filipinas), donde lo esperaba la asamblea de los obispos de Asia. En Australia se reunió en asamblea general con los obispos del Pacífico. Volvió a Roma el 5 de diciembre, después de una visita a Yakarta (Indonesia), Hong Kong y Colombo.

Fue el mensajero de la bondad y de la justicia, que pasó por todas partes haciendo llamadas a la ayuda internacional. Como ya hemos dicho, fue el creador del Fondo Internacional del Desarrollo, a cuyo comienzo ayudó vendiendo varios inmuebles de la Santa Sede. La encíclica que publicó en Pascua de 1967 (el 26 de marzo) resumía muy bien las ideas maestras de esta papa de la solidaridad...

También a iniciativa suya se instituyó el 1 de enero de cada año la Jornada mundial de la Paz, que fue adoptada por la O.N.U.

Pablo VI fue también el papa de la unidad, al crear el Secretariado para la Unidad de los cristianos. En tres ocasiones dio pruebas conmovedoras de su sincero deseo de reconciliación y de unidad: al proclamar, junto con el patriarca Atenágoras, la suspensión de excomunión mutua que había separado durante novecientos años a los discípulos de Jesucristo; al recibir en Roma, en 1973, al patriarca Shenuda, borrando así mil cien años de separación; besando los pies al representante de la Iglesia ortodoxa con ocasión del décimo aniversario del levantamiento de la excomunión.

A las demás Iglesias las trató también con idéntica humildad y sencillez: el 23 de marzo de 1966, al doctor Ramsey, arzobispo de Cantorbery, que había venido a Roma; en 1969, cuando fue al encuentro de los doscientos treinta y cuatro representantes de las Iglesias reformadas, del anglicanismo y de los ortodoxos reunidos en Ginebra, donde ningún papa había puesto los pies desde el siglo XVI, cuando esa ciudad se convirtió en el centro de la Iglesia reformada.

Fue también el papa del diálogo al crear el secretariado para las relaciones con los ateos y al recibir en Roma a los grandes jefes de los países comunistas (Nikolai Podgorni, de la URSS, en 1967; Janos Kadar, presidente de Hungría, en 1974; E. Giesek, de Polonia, en 1977). También recibió a personalidades comunistas del Vietnam, con las que habló con sencillez de los esfuerzos de la Iglesia para que la paz volviera al país. No dudó en dar los primeros pasos para restablecer las relaciones con Polonia y la URSS, enviándoles a Sergio Pignadoli, y a Agostino Casaroli a Moscú (1970), para reanudar las relaciones diplomáticas (en Yugoslavia el 15 de agosto de 1970).

La historia contará detalladamente los esfuerzos de renovación de este papa que descolló por su personalidad, su paciencia, su valor y su confianza, y por todos los esfuerzos que hizo por poner en práctica las decisiones del Vaticano II.

Cardenal Van Thuan

Siervo del Señor, Francisco Xavier Nguyen Van Thuan fue arzobispo coadjuntor de Saigón, fue arrestado por el régimen comunsta y pasó 13 años en la cárcel, 9 de ellos en aislamiento. En prisión escribió Mil y pasos en el camino de la esperanza. En 1991 fue liberado, Juan Pablo II le nombró, en 1994, presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz. Fundó Mater Unitatis. Falleció el 16 de septiembre de 2002 en Roma. Actualmente, se sigue un proceso para su canonización