María, auxilio de los cristianos

Publicado en Fe
Valora este artículo
(1 Voto)

Rodeado de enemigos que buscaban hacerle daño y terminar con su obra, San Juan Bosco buscó auxilio donde seguramente lo encontraría: en María Auxiliadora.

Si quieres entender la gran sublimidad de María, piensa que es la madre de la segunda persona de la Santísima Trinidad, que ha sido elevada por encima de toda criatura y que es todopoderosa. Y medirás tu inmensa dicha si piensas que es también tu Madre. Si Cristo no nos lo hubiese dicho, ¿cómo íbamos a imaginar algo así? (Card. Van Thuan).

Las letanías de la Virgen forman un librito con el que la Iglesia te enseña y te recuerda los títulos, los privilegios, las virtudes y el amor de tu Madre. Cuanto más la contemples, mayor será tu felicidad y más fuerte tu esperanza en la dura lucha en que estás embarcado. Llámala como un niño: «Ruega por nosotros. Ruega por nosotros» (Card. Van Thuan).

Cuando se te llenen los ojos de lágrimas, vuélvete a quien es el consuelo de los tristes. Cuando sea demasiado fuerte el sufrimiento, vuélvete a quien es auxilio de los cristianos. Cuando caigas en pecado, vuélvete a quien es refugio de los pecadores. eImita a la Virgen acogiendo a todos los que te pidan asilo. Sé para tus hermanos fuente de alegría y esperanza (Card. Van Thuan).

San Juan Bosco veneraba a María bajo la invocación «Auxilio de los cristianos». En todas sus necesidades personales, en las de su congregación, de sus colegios o de los amigos que se encomendaban a él, le gustaba repetir: «Oremos a María, auxilio de los cristianos».

Durante su vida, tuvo que vérselas con los enemigos de la Iglesia, sobre todo con los masones. Su actividad a través de los colegios, los libros y los periódicos, y su influjo sobre la juventud obstaculizaban sus proyectos.

Para dar riendas a su devoción, emprendió en Turín la construcción de una iglesia dedicada a la «Auxilio de los cristianos». Estaba ya terminada y lista para la bendición, cuando fue destruida en una noche por un incendio. Si recordamos que san Juan Bosco andaba siempre escaso de dinero, es fácil adivinar cuál fue su primera reacción. Pero se apresuró a levantar la moral. Y pronto se alzó otra iglesia...

A veces salía de noche, por sus actividades. Los que vivían con él se preocupaban, debido a los muchos enemigos que tenía. «María, auxilio de los cristianos, me protegerá», les decía.

Una noche, al pasar por un barrio peligroso, a la vuelta de la esquina de una calle, surgieron unas sombras que lo rodearon, le taparon la cabeza y el busto con un saco y empezaron a golpearlo frenéticamente; pero apareció un perrazo gris y empezó a atacarlos a todos, mordiéndolos con sus colmillos. Atacados en la cara, en el cuello y en los brazos, se dieron a la fuga, perseguidos por el perro que no los soltaba. Pidieron auxilio. Y el Padre, que no conocía al perro, lo llamó por su color: «¡Gris, gris!». Y «Gris» volvió y lo acompañó hasta su casa. Desde entonces, cuando salía por la noche, allí estaba Gris para protegerlo. Cuando le preguntaban sobre esa fiel custodia, el Padre se limitaba a reconocerla y a contestar: «Tengamos confianza en el Auxilio de los cristianos»...

Durante una ausencia prolongada del Padre, murió uno de sus alumnos después de haber requerido en vano su visita. Cuando volvió, fue a visitar a la familia y oró largamente junto al cuerpo. Al cabo de un momento, el muerto se movió, abrió los ojos, reconoció al Padre, volvió a su cama, y Padre e hijo hablaron largamente... La alegría volvió a la familia, y el joven contó lo que le había pasado: gracias al Padre y a su oración, se había librado del infierno. En medio de la alegría de la familia, hablaba con todo el mundo. Juan Bosco le preguntó:

— ¿Quieres seguir viviendo, o subir al cielo ahora que estás bien preparado?

— Para estar seguro de que no voy a volver a pecar, prefiero ir al cielo...

Y despidiéndose de su padre y de la familia, volvió a acostarse y se apagó con la sonrisa en los labios.

Cardenal Van Thuan

Siervo del Señor, Francisco Xavier Nguyen Van Thuan fue arzobispo coadjuntor de Saigón, fue arrestado por el régimen comunsta y pasó 13 años en la cárcel, 9 de ellos en aislamiento. En prisión escribió Mil y pasos en el camino de la esperanza. En 1991 fue liberado, Juan Pablo II le nombró, en 1994, presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz. Fundó Mater Unitatis. Falleció el 16 de septiembre de 2002 en Roma. Actualmente, se sigue un proceso para su canonización