Miércoles, 21 Diciembre 2016 08:30

Un peluquero

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Las obras de caridad no son necesariamente apostolado. Lo son si se realizan como una misión que el Señor nos ha asignado (C. E 295).

Las obras de caridad no son necesariamente apostolado. Lo son si se realizan como una misión que el Señor nos ha asignado (C. E 295).

Muchos habitantes de Saigón (Vietnam) conocieron a un viejo peluquero protestante, viudo y sin hijos, de aspecto simpático. Vivía pobremente y ejercía su oficio en una casa modesta. Cada vez que empezaba a cortar el pelo a alguien, le gustaba repetir las mismas palabras: «No ambiciono las riquezas. Me basta con tener el pan de cada día y con servir al Señor». Luego seguía con su monólogo —a veces su diálogo si el cliente se prestaba a ello— sobre el tema del servicio al Señor.

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