Unas lágrimas que no se perdieron

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Formar miembros activos del Cuerpo místico de Cristo, hacer que sus hijos sean hijos de Dios: ésa es la misión de los padres, que llevará a sus hijos a ser pioneros en todos los ámbitos y en todas las virtudes (C. E 492).

Con la mirada puesta en nuestro tiempo, la Iglesia ha formulado una espiritualidad del matrimonio, en la que nos lo presenta como un medio para que la humanidad pueda desarrollarse y como una llamada a la santidad (C. E 475).

Los laicos deben tomar en serio sus obligaciones en el mundo. Y la más importante de todas ellas, la más decisiva, es su vida familiar (C. E 477).

Formar miembros activos del Cuerpo místico de Cristo, hacer que sus hijos sean hijos de Dios: ésa es la misión de los padres, que llevará a sus hijos a ser pioneros en todos los ámbitos y en todas las virtudes (C. E 492).

La vida licenciosa del joven Agustín había hecho derramar lágrimas muy amargas a su madre, santa Mónica. Esta, para consolarse y para salvar el alma de su hijo, no tenía más que la oración. San Ambrosio de Milán la consolaba y alimentaba su confianza en Dios: «Tus lágrimas no se perderán. Tendrás la alegría de verlo volver a Dios».

Y el alma siempre insatisfecha de Agustín sólo pudo verse llena por completo con Dios y su palabra. A los treinta y tres años, se convirtió y recibió el bautismo. Y madre e hijo emprendieron la vuelta hacia Cartago.

Pero Mónica murió en el camino. Agustín la lloró como un buen hijo, sabedor del valor inestimable de las virtudes de su madre. «Dios mío —escribía—, lloro a mi madre porque no he podido tributarle toda la gratitud que le debo por las lágrimas que derramó para obtener que yo volviese a ti. Sé que no la he perdido para siempre y que descansa en ti, por la vida luminosa y pura que vivió y por los ejemplos de virtud que nos dejó. Nos ha sido arrebatada súbitamente a nuestro afecto. Pero me consuelo con las lágrimas que derramo por ella y que te ofrezco a ti por ella. Si alguien me reprocha por llorarla hasta perder por ello la vista, que piense en todos aquellos años durante los que ella lloró para que mis ojos volviesen a encontrar a Dios y que llore conmigo por los pecados que en mi vida he cometido contra Dios que, en Cristo, es Padre de todos nosotros».

Cardenal Van Thuan

Siervo del Señor, Francisco Xavier Nguyen Van Thuan fue arzobispo coadjuntor de Saigón, fue arrestado por el régimen comunsta y pasó 13 años en la cárcel, 9 de ellos en aislamiento. En prisión escribió Mil y pasos en el camino de la esperanza. En 1991 fue liberado, Juan Pablo II le nombró, en 1994, presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz. Fundó Mater Unitatis. Falleció el 16 de septiembre de 2002 en Roma. Actualmente, se sigue un proceso para su canonización