¿Qué pensarías si te digo que hay un invento para que las personas con discapacidad motora puedan dibujar o escribir utilizando unos lentes comunes y otros componentes disponibles en cualquier tienda de partes de computadora?

 


En la Liturgia, los viernes particularmente, se propone “la conversión del corazón”, el reconocimiento de nuestra fragilidad humana que no ha sido abandonada a su propia desgracia, sino una fragilidad depuesta en las manos misericordiosas de nuestro Señor.

Envejecimiento del cerebro

A partir de los 20 años ya existe en el ser humano un proceso natural de envejecimiento en el cerebro. Por ejemplo, entre los 20 y 30 años se pierden más o menos unas 10,000 neuronas diariamente, lo que no es gran cosa si consideramos que el promedio de neuronas de una persona es de 100 mil millones. Lo anterior implica que en ese lapso de 10 años, una persona promedio perdería el 0.036 por ciento de sus neuronas totales, o sea que se requerirían de miles de años para que hubiere, a ese ritmo, un efecto significativo en las funciones cerebrales.



Estamos viviendo una época en la que se estimula que vivamos ¨conforme a lo que nos gusta más¨, o dicho en otras palabras; vivir ¨de acuerdo a los que nos da la gana¨. Los medios de comunicación exaltan la salud, la belleza, el disfrute, el poseer bienes materiales y dinero, de manera que todo ello lo tengamos los más abundantemente posible.



“Aquí estoy Señor para hacer Tu Voluntad” (Salmo 39)
Con estas palabras, el Salmista, guiado por la mano de Dios, plasma el “centro” de la vida de Cristo: hacer la Voluntad de Su Padre amado. Todo cuanto hace y vive está marcado por este sello.

 


Algunas personas, de buena fe, han creído en el culto a la llamada ¨santa muerte¨ o la ¨niña blanca¨, misma que ha resultado ser la ¨patrona¨ de un sinnúmero de delincuentes, muchos ligados a todo tipo de crímenes. Por algo será.


Es clave señalar que la muerte vino al mundo no por Dios, sino por el pecado, por la tentación del maligno, del demonio, en el libro del Génesis.

“Santo subbito!” fue el grito que se escuchó infinidad de veces en la Plaza de San Pedro, como un grito de gratitud, de amor y de reconocimiento: Juan Pablo II, “El Grande”, había dejado que su vida se llenara con la Luz del Evangelio; Siervo fiel a las exigencias de su época y de su pontificado; profundamente mariano… “como un hijo en brazos de su Madre”.



“Soy un hombre que lo han llamado de un país lejano”
Con estas palabras Juan Pablo II se presentaba “ante el mundo” como el nuevo sucesor de San Pedro, para guiar a los hombres, a la Iglesia, por el camino de la Verdad, de la Vida, de la Reconciliación.

Un estudio científico muestra que las influencias medioambientales vividas por el padre, pueden ser transmitidas a sus descendientes, una especie de ¨reprogramación¨ de los genes. Esto lo descubrieron investigadores del la Universidad de Austin, Tejas y de la Escuela Médica de la Universidad de Massachusetts.

Hay un probado impacto en las personas que se sienten jóvenes o, por el contrario, viejas, en su salud y cómo son vistas por otras personas.