¿Cómo vas a vivir tu vida? Esta parece ser una sencilla pregunta, pero que encierra ¡una profundidad enorme!

Adviento: Sinónimo de Preparación, de Espera… De estar atentos porque Dios quiere nacer en medio de nosotros y en nosotros.

Hace poco más de dos mil años, José y María Santísima buscaban un lugar para que naciera Jesús, un lugar para el Hijo de Dios. Tuvieron que caminar mucho; tocar varias puertas y soportar que las horas pasaran en medio del frío… y finalmente, alguien se apiadó y los mandó a un pesebre. Mayor pobreza no podríamos imaginar: Dios se escoge un lugar de lo más humilde para hacer morada entre nosotros.
Así Lo ha querido, para que el mensaje central que nos viene a dar no se confunda, no se distorsione con “ruidos extraños”. Para que el mensaje central quede bien grabado en nuestros corazones: Su reinado, no es un reinado de poder, de riqueza o de fuerza –como algunos esperaban- sino un reinado de Amor, de Perdón y Misericordia. Tanto nos ama que no le importa nacer en un pesebre.
Que misterio más grande: el Hijo se despoja de su rango, de su realeza para decirte a ti y a mí que no hay hueco en el mundo –y en nuestro corazón- que Él no esté amando ya!
Ya desde su nacimiento el mensaje es de misericordia, perdón y humildad. De un lenguaje sencillo para que lo podamos entender y, entendiéndolo, lo pongamos en práctica… Para que tengamos la certeza de que en Su Misericordia cabe todo perdón. Sin importar qué tan grave sea nuestra culpa, Él está dispuesto a cancelarla, para borrarla. ¿Se ha hecho hombre para castigarnos? No!, sino para redimirnos, para rescatarnos del peligro de la muerte y darnos vida en plenitud.
Como buen pastor cuida de Su rebaño. Está atento en todo momento de lo que pasa en nuestras vidas.
“¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió?” (Mateo 18, 12)
Confiemos en Su Misericordia. Preparemos los caminos a Su llegada. Abramos nuestro corazón a su gracia. Él conoce todo lo que llevamos en nuestro corazón: nuestros sueños, ilusiones; pero también nuestros sufrimientos y caídas. Lo conoce todo de nosotros, y lo ama. Nos ama con amor eterno y quiere que Su nacimiento llene de luz, de reconciliación y de amor nuestras vidas.


http://www.youtube.com/watch?v=TGmQh-LiKrU&feature=related

Que Dios te bendiga
Tu amigo Zurc0
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Virgen de Guadalupe, Patrona de las Américas, celebración en el Vaticano

<¿Quién es el diablo? ¿Cuál es su verdadero nombre? ¿Cómo es de poderoso? ¿Cómo se manifiesta su obra destructora en la vida de los hombres?

Fábula del comunismo

Un buen amigo me compartió la siguiente “fábula” para explicar –de manera chusca- cómo puede ser disfuncional un sistema que pretende “igualdad” pero que no reconoce a la persona como el centro y valor principal de una sociedad.



Jesús no nos pide que “parezcamos” sus discípulos. Tampoco que “parezcamos” ser buenos. Es justamente un mundo de “apariencias” el que Él ha venido a destruir: la apariencia de que el pecado nos hace ser felices o mejores. La apariencia de que quien es corrupto es más exitoso, o de que quien miente se sale con la suya.
Un mundo lleno de apariencias que busca distraernos del verdadero Amor de Dios, con las trampas de la ambición o la soberbia.
Ser cristianos es “Seguir a Cristo”. Con la vida y con las obras. Que en cada momento, nuestro actuar se parezca más al Suyo. Ser cristianos no es un adorno para quedar bien con los demás.
San Agustín decía:


“¿Qué pensar de los que se adornan con un nombre y no lo son? ¿De qué sirve el nombre si no se corresponde con la realidad? Así, muchos se llaman cristianos, pero no son hallados tales en la realidad, porque no son lo que dicen en la vida, en las costumbres, en la esperanza, en la caridad.”
Ser cristianos es dejar que Él transforme nuestra mente, corazón y obras. Y por eso, es preciso acercarnos a él en la oración y sacramentos. Contemplarlo y escucharlo en Su Palabra, dejarla que resuene en nuestro interior y que haga eco en nuestras obras.
“Es preciso que Él crezca y que yo disminuya” insistía Juan el Bautista. Que el Amor acabe con nuestro egoísmo, pereza o apatía. Que Él crezca, significa poder mirar al cielo con la confianza de ser hijos en el Hijo Amado.


Que Él crezca… significa dejarnos hacer como niños que aprenden a amar con un corazón puro, sin malicia y absoluta confianza. Significa aprender a perdonar en todo momento. A encontrar la Paz que Él nos ha prometido y que en Él adquiere pleno significado.
Que Él crezca… es tener la confianza para acercarnos a Su costado, como un niño sabe acercarse sin temor, y repetirle con el Apóstol: “Señor, tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo…”

Que Dios te bendiga
Tu amigo Zurc0
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Si Cristo; don de Dios al mundo, es lo mejor para el hombre, entonces es imposible no vivir con gozo y alegría mi fe.
En los hombres de hoy, es posible que la vida espiritual y religiosa esté impregnada de modos fríos, racionalistas, calculadores, lejanos todos ellos de ese talante alegre, cordial y humano que debe caracterizarnos como hijos de Dios.
Hay que decir que a veces el debilitamiento en la fe de muchos hermanos nuestros ha sido culpa de no ver en la religión a una persona, sino sólo un conjunto de principios y normas. Si nuestra religión no es Cristo, si el porqué de nuestra fidelidad no es su Persona, si en cada mandamiento no vemos el rostro de Jesús, la religión terminará agobiándonos, porque se convertirá en un montón de deberes, sin relación a Aquél a quien nosotros queremos servir. Vamos, pues, a exponer algunas de las características que deben brillar en la vivencia de nuestra fe y de nuestros deberes religiosos:
Si Cristo, don de Dios al mundo, es lo mejor para el hombre, entonces es imposible no vivir con gozo y alegría profunda la fe, es decir, la relación personal del hombre con Dios. Muchas veces los cristianos con nuestro estilo de vivir la fe, marcado por la tristeza, la indiferencia, el cansancio, estamos demostrando a quienes buscan en nosotros un signo de vida una profunda contradicción.
El cristianismo es la religión de la alegría y no puede producir hombres insatisfechos. Al revés, la religión vivida de veras, como fe en Jesucristo, confiere al hombre plenitud, gozo, ilusión. Frente a todas las propuestas de felicidad, que terminan con el hombre en la desesperación, Cristo es la respuesta verdadera que no sólo no engaña sino que colma mucho más de lo esperado. Esta certeza debe reflejarse en nuestro rostro, rostro de resucitados, rostro de hombres salvados.
Si Cristo está vivo y es Hijo de Dios, mi relación con él tiene que ser mucho más personal, cercana e íntima. Tal vez ha faltado en muchas educaciones religiosas ese acercamiento humano a la figura de Cristo, un acercamiento que nos permite establecer con él una relación más cordial y sincera, como la que se tiene con un amigo. Es fácil comprender por qué con frecuencia la vida de oración de muchos creyentes es árida, seca, distraída. No se entra en contacto con la Persona, sino sólo tal vez con una idea de Dios, aun dentro del respeto y de la veneración.
De ahí el peligro para muchos hombres de racionalizar la misma oración, convirtiéndola en reflexión religiosa, pero no en experiencia de Dios. Lógicamente la fe se empobrece mucho así. Y no debe ser así. La fe ha de ser vivida como experiencia personal de Cristo, y por tanto en un clima de cordialidad y de cercanía.
Si Cristo es, en fin, la esperanza del mundo, de la que hablaron Moisés y los profetas, entonces hay que vivir en la práctica la fe con seguridad y convencimiento. Podemos dar la impresión los cristianos de que creemos en Cristo, pero no lo suficiente como para abandonar otros caminos de felicidad al margen de él, de su Evangelio, de su Persona. Y esto en la vida se convierte en una contradicción práctica.
Aparentamos tener lo mejor, pero nos cuidamos las espaldas teniendo reemplazos. Es como si afirmáramos que tal vez la fe en Cristo no es del todo segura y cierta, que tal vez él nos puede fallar. El mundo necesita de nosotros hoy la certeza de nuestra fe, una certeza que nos lleve a quemar los barcos, porque ya no los necesitamos, seguros como estamos de que hemos elegido la mejor parte.
¡Cómo se necesita en estos momentos en nuestra vida de cristianos y creyentes estas características en nuestra relación con Dios¡
1) Un estilo de fe lleno de gozo y de entusiasmo.
2) Una relación con Dios cercana y cordial.
3) Una certeza absoluta de Dios como lo mejor para el hombre de hoy.
En esta sociedad en que por desgracia la fe se ha convertido en una carga, hacen falta testigos vivos de un Evangelio moderno y verdadero. En este mundo en que falta alegría en muchos cristianos que viven un poco a la fuerza su fe, hacen falta rostros alegres porque saben vivir su religión en la libertad. Y en este peregrinar hacia la eternidad en el que muchos creyentes miran hacia atrás acordándose de lo que dejan, hacen falta hombres que caminen con seguridad y certeza, sin volver los ojos atrás, hacia el futuro que Dios nos promete

¿Combate a la pobreza?

El discurso político –casi en todos los países- en torno a la pobreza y su combate, ya está muy gastado… Demasiado se habla pero se actúa poco, o al menos, con poca eficiencia.¿A qué se deberá?


En unos días iniciamos el Tiempo de Adviento. Tiempo de espera alegre, porque Dios se ha hecho hombre y ha habitado entre nosotros, enseñándonos el lenguaje adecuado para dirigirnos a Dios como Padre. Para mostrarnos que la Misericordia de Dios abarca a toda la humanidad, y para enseñarnos el Camino de la felicidad plena y verdadera.
En este Tiempo de Adviento, Él nos enseña que nuestra realeza está en servir a los demás; en tener compasión de la fragilidad del prójimo y en tenderle la mano a quien lo necesita.
Que esta realeza no tiene nada que ver con “sentirnos más” o con “llenar de sobra” nuestra vida con todo aquello que tiene un “valor efímero” y pasajero. Realeza que está fundada en el Amor capaz de dar la vida por el amigo!
San Pablo nos resume la humildad de Cristo: por amor al Padre y a los hombres, de una manera profunda: Es significativo ver la manera en que él hace énfasis en la pobreza de Cristo, no sólo “desvistiéndolo” de lo material o de cualquier ropa humana, sino que –por voluntad propia- se despoja hasta de lo más precioso e íntimo, dejando “la casa del Padre” para habitar entre nosotros:

“Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos…” (Filipenses 2, 6-7)

Prepararnos para la Navidad, significa mucho más que planear una cena o hermosos regalos… Incluso significa mucho más que tener buenos deseos para los demás –desearles “lindas fiestas”- como quien desea un hermoso clima para el fin de semana.
Preparar la Navidad, es preparar un “Encuentro” personal con Jesús. A semejanza de los pastores de Belén, significa “ir” –un camino de conversión- y “adorar” –reconocerlo como el único Rey- al Dios por quien todo cuanto existe ha sido creado…
Es preparar este “Encuentro” que nos permita darle posada en nuestros corazones… Dejarlo habitar entre nosotros para que sea Él quien transforme nuestra vida, nuestros hogares y costumbres… Para que todo cuanto hagamos sea depositarlo en el pesebre y –con un hermoso canto- poderle entregar también nuestras vidas

Que Dios te bendiga
Tu amigo Zurc0
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Esta mañana encontré un viejo papel donde un amigo escribió hace tiempo:
“El niño que vive en mi está llorando… porque lo he olvidado”.
En aquella ocasión, este amigo compartía con nosotros –un grupo alegre que nos reuníamos con frecuencia- que sentía mucha pena de sí mismo, porque a pesar de que en muchos aspectos había logrado tener éxito, su vida no estaba completa, tenía grandes vacíos.
Nos decía que añoraba esa “inocencia” con la que –de niño- solía rezar y encomendarse a Dios y a María Santísima. Nostalgia de una paz que estaba llena de confianza.
Es verdad que la Fe no es un sentimiento, aunque puede ir acompañada de muchos de ellos. La Fe es la confianza y certeza en Él y en Su Palabra. Una confianza que transforma nuestra vida entera, dictando en nuestra conciencia cómo vivir y cómo amar a los demás.
La Fe, pues, no es sólo “sentir bonito”. En su significado original, la fe para el pueblo judío tenía un significado muy profundo: nace de la palabra hebrea “emuná” que significa


•    Firmeza,
•    Seguridad y
•    Fidelidad


Con la Fe, Dios nos ayuda a permanecer firmes en todo momento, ya en la adversidad, como en la prosperidad “…el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor…”

(Job 1, 21)


La Fe nos da la seguridad de que de Él venimos y a Él nos dirigimos “…peregrinos en el mundo, ciudadanos del Cielo…” (Juan Pablo II, Familiaris Consortio)
Y esta certeza y seguridad en Él nos ayudan a permanecer fieles en el camino que Dios nos ha regalado: “Para que fuésemos consagrados e irreprochables ante él por el amor” (Efesios 1, 4)
La infancia espiritual a la que Cristo nos invita, es la de vivir en todo momento con la certeza de que –por Su Sangre- hemos sido constituidos en hijos. Que tenemos un Padre que nos ama profundamente… “con amor eterno”.

Que Dios te bendiga
Tu amigo Zurc0
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