
En muchos momentos de nuestra vida solemos preguntarnos si las decisiones que hemos tomado son las correctas. Preguntado si en realidad lo que hacemos provoca que seamos más felices.
El pasado lunes, la Liturgia de la Santa Misa, nos propone un fragmento de la Carta del Apóstol Santiago, como primera lectura. Un fragmento que podría tener apariencia de breve, pero que a mi parecer encierra una gran riqueza y nos da la oportunidad de realizar –lo que podríamos llamar- un “examen de conciencia”. Eliminando los criterios subjetivos y tomando de parámetro la Palabra misma que nos ilumina:
“Hermanos míos: ¿Hay alguno entre ustedes con sabiduría y experiencia? Si es así, que lo demuestre con su buena conducta y con la amabilidad propia de la sabiduría. Pero si ustedes tienen el corazón amargado por envidias y rivalidades, dejen de presumir y engañar a costa de la verdad.
Esa no es la sabiduría que viene de lo alto; ésa es terrenal, irracional, diabólica; pues donde hay envidias y rivalidades, ahí hay desorden y toda clase de obras malas.
Pero los que tienen la sabiduría que viene de Dios son puros, ante todo. Además, son amantes de la paz, comprensivos, dóciles, están llenos de misericordia y buenos frutos, son imparciales y sinceros. Los pacíficos siembran la paz y cosechan frutos de justicia.”(Santiago 3, 13-18)
De este modo por demás práctico, el Apóstol nos exhorta a analizar nuestra vida con criterios nuevos, criterios de vida. ¿De qué “hablamos” con nuestras obras, comportamiento y actitudes cotidianas? ¿Cómo soy con la gente que sufre, que anda en búsqueda de respuestas o que necesita consuelo?
¿Hay una coherencia en mi vida, entre lo que predico y lo que hago?
Mañana es Miércoles de Ceniza. Un tiempo precioso que Dios nos regala para volver nuestra mirada hacia Él. Tiempo para renunciar a lo que distrae nuestra mente y vida de la verdadera felicidad y entrega. Un tiempo particularmente precioso para reiniciar nuestro “diálogo de amigos” y depositar en Su costado nuestras preocupaciones y angustias. Un tiempo para dejar que Él nos restaure, que renueve en nosotros todo lo que está roto. Dejar que nos revista –como al hijo pródigo- con sus ropas reales y ponga en nosotros el distintivo que nos acredita como sus hijos muy amados!
Y así, dejarnos llevar por Su Gracia para sembrar en el mundo las semillas de la paz y la justicia… de la reconciliación y el perdón, que Él ha conquistado para todos los hombres.
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Tu amigo Zurc0
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